Las relaciones familiares tienen un gran potencial para provocar amargura! Considera la historia de José, hijo favorito de Jacob. Sus once hermanos envidiaban la preferencia que le mostraba el padre, así que lo vendieron como esclavo. Gracias a una serie de circunstancias milagrosas, José llego a ser la mano derecha del rey de Egipto. Una hambruna hizo que los hermanos viajaran de Israel a Egipto para comprar comida. Nunca imaginaron que a quien debían pedirla era su propio hermano.
Una vez que José reveló su identidad a sus hermanos, estos estaban comprensiblemente aprensivos ¿Se vengaría José? Para su sorpresa, el hermano les habló amorosamente. Explicó la manera en que Dios les había usado para bien de ellos y aun para el futuro de la nación de Israel. Si José no hubiera llegado tan alto en la corte del faraón, tal vez los israelitas hubieran muerto de hambre. La actitud de José hacia sus hermanos se resume en (Génesis 50:20). La historia de José nos proporciona algunas pautas para perdonar a quienes nos han herido.
- Acepta que has sido herido. Una de las fuerzas más poderosas de este universo es la negación “Esto no puede estarme pasando a mi”. “En realidad no era tan malo como parecía”, “Me mantendré ocupado para no pensar en ello”, etc. Muchas veces confundes el perdón con la negación. Solo porque eres capaz de hacer a un lado emocional y mentalmente una ofensa, no significa que la has perdonado.
Cuando alguien te ha herido, tal vez hace mucho tiempo, te distancias de ellos y hasta dejas de pensar en ellos. ¿Pero cuando surgen sus nombres en una conversación, haces observaciones negativas?, hay una
diferencia en perdonar o solamente sepultar esas ofensas.
Una de las razones por las que preferimos negar algo es porque a menudo la experiencia es demasiado dolorosa como para aceptarla, así que la bloqueamos. Otra razón es que algunas veces la ofensa te hace llegar a la conclusión errónea de que algo anda mal contigo. Te obsesionas tratando de descubrir que motivo tuvo tu ofensor para herirte. ¿Que tengo de mal como para que mi esposa me abandonara, o mi amigo me traicionara, o mis padres abusaran de mi?
Es posible que José se sintiera tentado a sentirse así. Cuando confrontó a sus hermanos por primera vez, hizo que los egipcios les dejaran a solas. (Génesis 45:1).
¿Por qué?. Seguramente José no reveló a sus siervos la forma en que había llegado a Egipto. Su pasado era demasiado vergonzoso. ¿Que había de malo en él para que sus hermanos lo odiaran tan intensamente? Sin embargo, cuando llegó el momento de hablar con ellos (Génesis 50:20), José no hizo nada por encubrir la gravedad del pecado que habían cometido. “Vosotros pensasteis mal contra mí”, les dijo. Era necesario hacer esta afirmación antes de que pudiera perdonarlos.
Hay por lo menos seis categorías de personas a quienes debemos perdonar: nuestros padres, nosotros mismos, Dios (podemos estar enojados o decepcionados con él aunque no nos haya hecho nada malo), nuestro cónyuge, nuestros superiores y otros que afectan nuestra vida. Tal vez haya heridas en ti que has estado negando. Examina las seis categorías y haz una lista de lo que debes hacer para perdonar.
- Ve tus heridas desde la perspectiva Divina. En vez de preguntarte ¿Por qué me hicieron esto?, más bien pregúntate ¿Qué esta Dios tratando de lograr en mi através de esto? Si cree
mos que el Señor es soberano, tenemos que aceptar de que nada de lo que nos sucede está fuera de su propósito divino. Me parece escuchar que algunos dicen ¿Quieres decir que todo lo que me sucede es bueno? No. Por supuesto que no todo lo que pasa es bueno, pero Dios puede usarlo para su propósito eterno en nuestras vidas. Romanos 8:28
La clave para entender el versículo radica en definir apropiadamente la palabra “bien”. Tenemos un conocimiento muy superficial de esta palabra. Normalmente la definimos pensando en algo instantáneo o en obtener la felicidad a corto plazo. Pero el Señor tiene una perspectiva mucho más amplia con respecto a lo que es el bien. De hecho, Pablo continúa la definición del “bien” que Dios está tratando de darnos (Romanos 8:29). En palabras sencillas, Dios tiene un propósito para ti: hacerte conforme a la imagen de de su hijo. Entonces, todo lo que sucede en tu vida, aún las heridas, está siendo usado por Dios para moldearte a la imagen de Cristo.
¿Por qué decimos “aún las heridas”? Lee (Hebreos 5:8). Por supuesto que no pretendo entender todas las implicaciones cristológicas de este versículo, pero entendemos que el sufrimiento mejoró la relación entre Jesús y su Padre. ¿Por qué nos sorpre
nde que el plan de Dios para nuestra vida incluye padecer cosas malas en algunas ocasiones?.
La razón por la cual no debes obsesionarte con los motivos de tu ofensor para lastimarte es que en realidad es algo irrelevante. Dios puede convertir las peores ofensas que se cometen contra ti y usarlas para tu bien y para su gloria eterna. Por eso es que José dijo a sus hermanos que ellos pensaron mal contra él pero, Dios lo encamino a bien, para hacer lo que vemos hoy (Génesis 50:20).
Hubo beneficios tanto a corto como a largo plazo resultantes de la injusticia que cometieron los hermanos de José. Debido a su traición, José llego a Egipto donde pudo salvar la vida de muchos egipcios y la de su propia familia, al interpretar correctamente el sueño del faraón acerca de la inminente escasez de alimentos.
Y no solo eso, sino que los familiares de José pudieron asentarse en la productiva tierra de Gosen, en Egipto, donde se multiplicaron hasta formar la poderosa nación de Israel.
Cuatrocientos años después esa nación abandonó Egipto y llego a la tierra prometida. ¡Y fue de ese pueblo del que nació nuestro salvador Jesucristo! ¡Todo esto se logró por una injusticia! Algunas veces Dios te permite ver un atisbo de su propósito eterno en las injusticias de la vida, pero no siempre lo hace. Sin embargo, el mensaje de la biblia dice que él puede usar las circunstancias más injustas para hacernos como Cristo
- Acepta tus fallas y el perdón de Dios ¿te has dado cuenta lo difícil que es extender un cheque cuando no tiene fondos? Pues es más difícil tratar de perdonar a alguien si primero tu no has sido perdonado. (Efesios 4:32) Debemos perdonar a otros como Dios nos perdono. ¿Cómo podemos aceptar el perdón Divino? Primero, es importante identificar las ofensas que has cometido, contra tu familia, amigos, otros cristianos o contra Dios. En segundo lugar, confiesa esos pecados al señor. Finalmente, recibe el perdón Divino basado en la muerte de Cristo por nuestros pecados.
- Escoge el perdón en lugar de la amargura.
Cuando nos ofenden, debemos decidir si perdonamos al ofensor o si nos amargamos. Piensa en lo que habría pasado si José hubiera escogido una
actitud de amargura en vez de perdonar. Habría desechado la petición de comida que le hicieron sus hermanos; su familia habría muerto de hambre; la incipiente nación de Israel habría fallecido; y teóricamente, la promesa de un Salvador no se habría cumplido, y tu y yo estaríamos condenados a sufrir las consecuencias de nuestros pecados.
¿Por qué perdonar? Porque existe una relación estrecha entre nuestra disposición de perdonar y nuestro destino eterno. Jesús terminó la parábola de los dos deudores con esta aplicación: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:35). Observa el paralelismo de estas palabras con su enseñanza de (Mateo 6:14)
No creo que Jesús dijera que perdonar a otros es un requisito para la salvación, sino que es el resultado de ella. Tu disposición de perdonar a otros
es evidencia de que Dios te ha perdonado, y nuestra incapacidad de hacerlo manifiesta que en realidad nunca has experimentado su perdón.
Pero también existe una relación entre nuestra disponibilidad de perdonar con la calidad de vida que llevamos. El perdón conduce a la vida; la amargura nos lleva a la muerte emocional y en algunas ocasiones, a la muerte física. La amargura es un veneno que no sólo afecta a otros, también nos destruye a nosotros. ¿Existen en tu vida heridas que has estado negando? ¿Hay otras a las que te estas aferrando? Reconócelas, libérelas, y comienza a experimentar la libertad que produce el escoger el perdón en lugar de la amargura.